Libro 2: Donde el Ruido se hace Silencio Cap.4 Pag.7

Capítulo 4: Cicatrices y Colores


Tras aquel primer beso que pareció detener el tiempo, Kaelia y Joel se refugiaron bajo el techo de una vieja construcción cercana para protegerse de la furia de la tormenta. El sonido del agua golpeando las tejas creaba una atmósfera de confesión. Joel, con la mirada fija en el horizonte gris, rompió el silencio con una voz quebrada. Le confesó que siempre había soñado con alguien como ella, y que ahora que su sueño se había cumplido, sentía un miedo atroz a despertar y volver a la oscuridad. Con el rostro empapado, Joel comenzó a llorar por primera vez frente a ella. Le reveló que, antes de conocerla, había atravesado el momento más depresivo de su vida; un pozo tan profundo donde las sombras lo invitaban a cometer locuras, aunque nunca tuvo el valor de actuar. Kaelia, conmovida por la vulnerabilidad de aquel chico que siempre parecía ser solo bromas, lo tomó de las manos y le pidió que se calmara. "No pasa nada, Joel", susurró ella con firmeza, "ahora estoy aquí y nos vamos a apoyar mutuamente". Joel asintió en silencio, agradeciendo aquel apoyo que, según sus propias palabras, había cambiado radicalmente su forma de ver el mundo. Sin embargo, el instinto protector de Joel se activó de inmediato al recordar lo frágil que solía ser la salud de Kaelia. "Te vas a enfermar, te resfrías muy pronto", dijo con preocupación. Kaelia, sonriendo a pesar del frío, le respondió que no le importaba nada mientras estuvieran juntos. Aun así, Joel no se quedó tranquilo; se quitó la chaqueta de su uniforme, la cubrió con ella y la guio con cuidado hasta las cercanías de su casa, moviéndose entre las sombras para evitar que alguien los viera y evitarle problemas con su familia. Al día siguiente, el destino les regaló un milagro: ninguno de los dos amaneció enfermo. Se encontraron en el instituto riendo de la aventura de la noche anterior y, por primera vez, las clases se volvieron un escenario secundario. Pasaron el día entero hablando, sumergidos en el descubrimiento del otro. Fue así como los colores cobraron un nuevo significado: el morado para Kaelia y el rojo para Joel. En medio de esa felicidad, la historia permitió asomarse a sus pasados. Kaelia siempre había sido un alma solitaria, consumida por el estrés de las tareas y el deber de enorgullecer a unos padres que exigían perfección. Había dejado de lado sus emociones y su salud por una meta impuesta, hasta que Joel llegó para ser su psicólogo personal, recordándole lo que era la alegría y cuestionando por qué se esforzaba tanto por demostrar una grandeza que ella ya poseía de forma natural.