Libro 2: Donde el Ruido se hace Silencio Cap.4 Pag.8

Capítulo 4: Cicatrices y Colores


Para entender la entrega de Joel hacia Kaelia, era necesario mirar hacia atrás, a una vida marcada por la indiferencia. Joel nunca tuvo amigos; era simplemente "alguien más del montón" que intentaba atraer la atención mediante travesuras, llegando a ser molesto para los demás solo por el deseo de no sentirse invisible. Su existencia era fría y vacía, hasta que a los doce años apareció alguien que cambió su perspectiva: un chico llamado Alexis. Su amistad con Alexis no empezó de la mejor manera. En los pasillos de la escuela se enfrentaban constantemente en peleas sin sentido; a Joel no le gustaba su actitud, pero en el fondo, ambos eran reflejos del otro, compartiendo gustos y comportamientos similares. Un día, Joel decidió dejar de lado la hostilidad y hablarle con normalidad. En ese momento descubrieron que no tenían motivos para pelear y se convirtieron en hermanos de vida. Jugaban las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, viviendo aventuras caricaturescas y haciendo bromas a todo el pueblo. Alexis fue su primer y único mejor amigo. Sin embargo, la felicidad fue efímera. Unos años después, sin previo aviso ni explicaciones, Alexis se distanció de la noche a la mañana. Se retiró de la vida de Joel de forma definitiva, dejando un hueco enorme y un silencio que nadie pudo llenar. Tras esa desaparición repentina, la vida de Joel volvió a volverse gris y solitaria, sumiéndolo en la tristeza de la que habló bajo la lluvia. Fue ese vacío el que hizo que el encuentro con Kaelia fuera tan trascendental. Joel no solo estaba cuidando a la chica de la que se había enamorado, sino que estaba protegiendo la única luz que había vuelto a brillar en su mundo tras años de soledad. Al conocerse más profundamente, ambos entendieron que sus heridas encajaban perfectamente: ella necesitaba aprender a vivir sin importar lo que dirán y disfrutar, y él necesitaba a alguien que no se fuera de su lado para volver a ese vacio, su lugar de tormento y gris. Así, en el presente, sus manos se entrelazaron con una promesa muda de que el pasado nunca volvería a repetirse.